Altura de la torre sin vigía,
enhiesta hacia las nubes como dedo.
Inmarcesible mole que no cede
al tránsito, la bulla, los motores.
Encallada resiste, como tantas,
esta esquina del mundo. Se interpone,
vertical desafía, rompe, asciende.
¿Qué cálculo algebraico la erigió,
con qué labor cocieron sus sillares,
quién tanteó en la sombra su firmeza
después del beso frío de la noche?
Hoy me siento a su lado por si acaso amanece.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Alta torre
sábado, 19 de diciembre de 2009
Canción de Invierno
Llenar con nueces los bolsillos.
Caminar sin descanso.
Penetrar el bosque. Adentro
de la espesura, adentro
del verdor más recóndito.
Porque no habrá salida,
porque allí el laberinto
de otros días ha muerto.
[Fotografía: A. Domínguez]
lunes, 14 de diciembre de 2009
El espíritu de la colmena
Yo, de mayor, fabulo con ser apicultor, micólogo y escritor. La viva imagen del personaje de Fernando en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973). La apicultura me serviría, como al personaje, de sustento económico. La recolección de setas facilitaría la educación de mis hijas (o las hijas de mis amigos, lo mismo da), fieles acompañantes en esa tarea. Setas y personas se parecen más de lo que pueda pensar uno a simple vista: la seta más venenosa “cuando es joven engaña, pero de vieja ya es otra cosa.” Por último, la escritura nocturna facilitaría mi reflexión. Así se completa el tríptico. Así querría mi vida.
Y como Fernando, antes de sentarme a escribir, ya en silencio la noche, silbaría mientras aguardo a que esté lista la infusión que preparo, escucharía un rato mi vieja radio a galena y encendería un cigarrillo, aprovechando la lumbre de un candil. Y como él, gracias a la magia del cine, escribiría en mi cuaderno aquellas palabras -que fueron, mucho antes, firmadas por Maurice Maeterlinck en su obra La vida de las abejas-. Y escribiría estas palabras porque no están gastadas, porque encierran un doloroso conocimiento de la vida y señalan su trampa. Y como Fernando, para que mi corazón siguiera latiendo dentro de la colmena, tacharía las últimas lineas del cuaderno:
“Alguien a quien yo enseñaba últimamente, en mi colmena de cristal, el movimiento de esa rueda tan visible como el movimiento de la rueda principal de un reloj; alguien que veía a las claras la agitación innumerable de los panales, el zarandeo perpetuo, enigmático y loco de las nodrizas sobre las cunas de la nidada, los puentes y escaleras animados que forman las cereras, las espirales invasoras de la reina, la actividad diversa e incesante de la multitud, el esfuerzo despiadado e inútil, las idas y venidas con un ardor febril, el sueño ignorado fuera de las cunas que ya acecha el trabajo de mañana, el reposo mismo de la muerte, alejado de una residencia que no admite enfermos ni tumbas. Alguien que miraba esas cosas, una vez pasado el asombro, no tardó en apartar la vista en la que se veía no sé qué triste espanto .”
[Foto y película: El espíritu de la colmena, Víctor Erice, 1973]
[Texto: La vida de las abejas, Maurice Maeterlinck,1901]
jueves, 10 de diciembre de 2009
Equilibrio del funámbulo (Breve epístola a Miguel Ángel Maya)
Cádiz, 10 de diciembre de 2009.
Querido Migue:
Nunca me gustaron las acrobacias pero a veces la vida nos obliga a ensayar el funambulismo. No tengo miedo a la altura; más bien me estremece la idea de vacío (lo siento por Sören). Todos piensan que me da pánico volar. Se equivocan. Mi miedo es a caer. Mi peor pesadilla es caer y caer y caer... No es lo mismo. Supongo que me entiendes.
¡Supera tus miedos, al menos haz el intento, debes aprender a controlar tus emociones! Y un carajo de poliexpán para José Antonio Marina y la industria de la autoyuda. No quiero superarlos; prefiero asumir mis limitaciones. Es contraproducente superar los miedos, Miguelito. No porque sean irracionales y sea estéril el intento, sino porque sin mis miedos, mis fobias ni mis manías no sería Yo, sería Otro. Ese Otro al que aspira la masa en su afán de anular la diferencia y el matiz: joven de éxito con proyectos e ilusiones, con futuro y sin miedo a volar. No todos encajamos en ese modelo. Ni falta que hace. Quizás un 1% de la población mundial, siendo generoso, puede aspirar a formar parte de ese club. Pero ese jodido 1% hace mucho ruido y gana postulantes (incluso entre los nonagenarios). Qué se le va a hacer. Siempre nos subyuga alguna tiranía. Nos ha tocado ésta.
A mí de momento me basta con el presente. Y con el pasado. Lo que fui y lo que soy. La llama y la ceniza. No tengo proyectos ni planes de futuro; no pienso en si soy feliz porque me la trae floja serlo. Pero en alguna ocasión nos hemos reído juntos, ¿verdad?
Mi vida ahora es una cuerda floja donde ejercito un sinfín de posturas nuevas, en su mayoría de una ridiculez espantosa (siempre presente el miedo al resbalón). Pero son mis muecas, mis tics, mis gestos, los que me hacen ser yo mismo.
Sabes que te quiero.
David J.
martes, 1 de diciembre de 2009
HOY
No tengo ganas de ir al gimnasio, de trabajar bíceps y tríceps hasta la extenuación. Hoy no. No quiero ser más fuerte ni más guapo ni lucir abdominales. Hoy no forzaré conversaciones de chat con nadie en busca de un polvo. Hoy no.
Hoy quisiera cenar contigo y descorchar una botella y ver juntos una peli apocalíptica y quejarme por lo tarde que me acuesto, a tu lado, otra noche más. Hoy quisiera que fuese ayer.
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