domingo, 10 de abril de 2011

MIGNON

Imagino al muchacho con la palidez precisa y las ojeras marcadas, presa irresistible. Figura espigada entre los pasillos del palacio suntuoso. La envidia del resto de mignons, las miradas maledicentes y el murmullo apagado de la corte a su paso. Lo ha elegido a él. Calzones limpios, medias impolutas. Dieciséis años recién cumplidos. Enrique pasa de treinta y cinco. No llegaría a la cuarentena. No sabemos el nombre del muchacho.

Anne de Joyeuse, su favorito, ya está mayor. Pronto cumplirá veinticuatro. Pronto perderá su favor. Mira el duque al muchacho con desaire. En privado llora y jura matar a hugonotes. Puro despecho.

Enrique aguarda sentado en la cama, su piadoso torso lacerado impone respeto al joven. Al cabo de un rato, Enrique III, rey de Francia, eyacula generosamente sobre la marmórea testuz del adolescente.

[Óleo: Enrique III, de F. Clouet, Musée Condé, Chantilly]