Yo, de mayor, fabulo con ser apicultor, micólogo y escritor. La viva imagen del personaje de Fernando en El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973). La apicultura me serviría, como al personaje, de sustento económico. La recolección de setas facilitaría la educación de mis hijas (o las hijas de mis amigos, lo mismo da), fieles acompañantes en esa tarea. Setas y personas se parecen más de lo que pueda pensar uno a simple vista: la seta más venenosa “cuando es joven engaña, pero de vieja ya es otra cosa.” Por último, la escritura nocturna facilitaría mi reflexión. Así se completa el tríptico. Así querría mi vida.
Y como Fernando, antes de sentarme a escribir, ya en silencio la noche, silbaría mientras aguardo a que esté lista la infusión que preparo, escucharía un rato mi vieja radio a galena y encendería un cigarrillo, aprovechando la lumbre de un candil. Y como él, gracias a la magia del cine, escribiría en mi cuaderno aquellas palabras -que fueron, mucho antes, firmadas por Maurice Maeterlinck en su obra La vida de las abejas-. Y escribiría estas palabras porque no están gastadas, porque encierran un doloroso conocimiento de la vida y señalan su trampa. Y como Fernando, para que mi corazón siguiera latiendo dentro de la colmena, tacharía las últimas lineas del cuaderno:
“Alguien a quien yo enseñaba últimamente, en mi colmena de cristal, el movimiento de esa rueda tan visible como el movimiento de la rueda principal de un reloj; alguien que veía a las claras la agitación innumerable de los panales, el zarandeo perpetuo, enigmático y loco de las nodrizas sobre las cunas de la nidada, los puentes y escaleras animados que forman las cereras, las espirales invasoras de la reina, la actividad diversa e incesante de la multitud, el esfuerzo despiadado e inútil, las idas y venidas con un ardor febril, el sueño ignorado fuera de las cunas que ya acecha el trabajo de mañana, el reposo mismo de la muerte, alejado de una residencia que no admite enfermos ni tumbas. Alguien que miraba esas cosas, una vez pasado el asombro, no tardó en apartar la vista en la que se veía no sé qué triste espanto .”
[Foto y película: El espíritu de la colmena, Víctor Erice, 1973]
[Texto: La vida de las abejas, Maurice Maeterlinck,1901]
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3 notas:
Si dejáis cargando el video, hacia el minuto veinticinco se ve la escena que inspira esta entrada.
Hola.
Creo que me he perdido.
He llegado aquí no sé cómo, buscando un hueco, una pista donde dejarte unas palabras de asombro y felicitación.
He entrado por lo de los freaks -tema con el que llevo un tiempo - y llego hasta aquí donde te intuyo pero no te veo.
Es igual.
Quiero decirte que seguiré tu blog seguramente de vez en cuando.
Gracias.
Iraide.
Bizkaia
Gracias Iraide:
Sigo sorprendiéndome de que las palabras puedan crear vínculos entre las personas. Qué hermoso.
Lo has descrito perfectamente, has dado en la diana. Quizás en este espacio se me intuye más de lo que se me ve. Los textos sólo pretenden sugerir, casi nunca señalar. Darles vida, corresponde a quien se asome por aquí. En definitiva, es este un blog lírico (si es que eso puede existir). Aunque quisiera, no me saldría otra cosa. Gracias sinceras por la compañía. Entra sin llamar cuando quieras...
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